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la tierra metida en la sangre porque allá nacimos bajo ese hermoso cielo
y por primera vez vimos la luz del sol; porque allá vivieron nuestros abuelos
todos y nuestros padres de boca de nuestras madres el dulce sí por primera
vez oyeron, como lo aprendimos del poeta José Eusebio Caro y nos lo enseñaron
desde niños y adolescentes en los centros literarios de las escuelas y
colegios y lo declamábamos emocionalmente. En
este mi agradecimiento a Laura Villalobos de Álvarez, Laurita como cariñosamente
y con afecto se le nombra, por sus elogios al ocañero y sus tradiciones
con motivo del concurso ganado por Jorge Isaac Torrado Pacheco para ir a la NASA,
aparecidos en su artículo "Transparencias" del sábado
23 de enero. Sí,
realmente somos auténticos, alegres y festivos y aún cuando nacimos
en una altura de casi 2000 metros sobre el nivel del mar en tierra de clima fresco,
amañador y agradable, parecería que fuéramos calentanos y
muchos nos endilgan el costeño, quizá que por la desintegración
vial y la falta de terminación de una carretera que nos trajera a la capital,
empezada el 23 de febrero de 1920 y que todavía sigue siendo eslogan de
campañas electorales, estuvimos ligados a Aguachica y Gamarra inicialmente
por el cable aéreo y el río Magdalena que bajando en buques de la
Naviera Colombiana nos llevaron hasta nuestro primer gran asentamiento: la acogedora
y hospitalaria Barranquilla. |
El
ritmo y el baile vallenato nos llegaron desde sus primeras apariciones con los
estudiantes costeños expulsados del belicoso Liceo Celedón de Santa
Marta, el que canta Escalona en su "Oye morenita te vas a quedar muy sola,
porque anoche dijo el radio que abrieron el Liceo", que reingresaban
al Colegio Caro. Vallenatos como "El testamento", "Una casa en
el aire", "Miguel Canales" y "El compae Chipuco", ahora
muy de moda, fueron de nuestras ferias y fiestas ocañeras. Mantenemos
la unión en cualquier parte del mundo donde nos encontremos por muchos
motivos muy especiales. La devoción por nuestra patrona la Virgen de las
Gracias de Torcoroma, porque sucede que entre ocañeros, estén donde
estén, sean ellos pobres o ricos, viejos o jóvenes, rojos o azules,
creyentes o descreídos, la aparición de la Virgen de Torcoroma no
se discute: se celebra, y para venerarla le levantamos, con grandes esfuerzos
y donaciones, catedrales como en Barranquilla y capillas como en esta ciudad,
cuyo nombre ahora por decisión eclesiástica se le borró.
La arepa cuya elaboración se convirtió en el rito familiar, cantada
por poetas como "la hostia familiar del ocañero" y que al despedirse
de Ocaña uno de ellos dijera: "me voy como llegué: sin un cuartillo,
llevo en el alma cruel melancolía y una arepa sin sal en el bolsillo."
La flor de barbatusca con la que se elabora uno de los más deliciosos y
codiciados alimentos que un curioso indagador de nuestras costumbres apuntara:
"felices los ocañeros que se alimentan con flores". Los
ocañeros somos así: historiadores, escritores, políticos,
compositores de bambucos, pasillos, paseos, porros y cumbias, y poetas de todas
las tendencias, uno de ellos su Eligio, mi compañero de los años
cuarenta en la escuela complementaria de varones, arriba del Tejarito. Todos
ellos recogidos hasta 1973 en la Biblioteca de Autores Ocañeros por la
Escuela de Bellas Artes de Ocaña. Cúcuta,
febrero de 1999 | |